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La antigua prisión letona de Karosta ha
acondicionado algunas de sus celdas para recibir a turistas
 

A orillas del Báltico, Karosta es un suburbio espectral de la ciudad de Liepaja, con antiguas mansiones zaristas abandonadas, fabricas olvidadas y edificios soviéticos en ruinas. Pero esto no ha desanimado a sus habitantes, que han sabido reinventar
todo este escenario, empezando por su antigua prisión, convertida hoy en una de las principales atracciones turísticas de Letonia. A finales del siglo xix, Liepaja formaba parte del Imperio ruso y en 1890 el zar Alejandro III dio la orden de construir allí un puerto militar que debía convertirse en una de las principales bases de la flota del mar Báltico. Durante el período soviético, Karosta se convirtió en una importante base militar restringida a la que sólo tenían acceso los militares destacados allí y sus

familias. Aunque la independencia de Letonia de la Unión Soviética se proclamó en 1991, los rusos siguieron en Karosta hasta 1994, cuando se retiraron y la dejaron abandonada. El gobierno letón cerró la base militar y convirtió Karosta en un barrio más de Liepaja.
Pasadas las dificultades de los primeros años, hoy 7.000 personas viven allí y la ciudad parece renacer lentamente de sus cenizas.


Aunque pasear por sus calles es una experiencia única que permite imaginarse la vida en la Unión Soviética, el principal reclamo de Karosta es su cárcel militar. La idea surgió durante una convención internacional de turismo, cuando, para sorprender a los visitantes, se decidió crear un espectáculo en el que los invitados eran tratados como presos por actores disfrazados de militares soviéticos. La iniciativa tuvo tanto éxito, que se decidió restaurar la cárcel y ofrecer ese tipo de experiencias regularmente. La cárcel es un lúgubre edificio de ladrillo rojo. Cuando se llega ante la puerta, un hombre vestido de militar soviético recibe a los visitantes y los hace pasar al interior. Los fríos y mal iluminados pasillos están jalonados por anónimas puertas metálicas que llevan a las gélidas celdas. El viento penetra a través de alguna ventana rota y produce sonidos estremecedores.

Alojarse entre rejas
“Creemos que éste es un gran lugar para experimentar el pasado y viajar en el tiempo”, afirman los promotores de la iniciativa. Para ello, se ofrecen diversas opciones, la más sencilla de las cuales es la visita guiada (la entrada cuesta 3 euros). Pero los más osados pueden
también pasar una noche en la prisión, pues algunas celdas se ofrecen como si fuera un hotel. En este caso, hay que reservar con antelación y el precio por persona es de unos 11 euros. Los huéspedes duermen como lo hacían los presos, en colchones sobre el suelo y en habitaciones espartanas sin calefacción. Otra opción es “Tras los barrotes” (entre 7 y 12 euros): los visitantes son encarcelados durante dos horas y tratados como si fueran presos, obviamente con algo más de cuidado y sin violencia física, pero con interrogatorios, fotos, revisiones médicas… Por último, está la experiencia nocturna, que se desarrolla entre las 9 de la noche y las 9 de la mañana, y que por 14 euros conjuga dormir en la cárcel y ser tratado como un prisionero, con controles a altas horas de la madrugada, ejercicios
nocturnos, interrogatorios…